miércoles, 11 de agosto de 2010

Revisionismo histórico

Hoy me puse a releer un viejo blog y me di cuenta que siento y pienso las mismas pelotudeces que ahora, y me río para no llorar de la misma desgraciada desgracia.

La verdad, no sé si es bueno eso.
Onda, dale piba, ¿acaso no has evolucionado, has crecido, has progresado, has hecho de ti una mujer con nuevos ideales, anhelos y desafíos extravagantes?

La respuesta es simple. Parece que no.

Parece que, (salvo los dilemas universitarios que han sido ampliamente superados) sigo teniendo el mismo placard desordenado en la cabeza.
Porque me sigo encerrando en ese mundo de libros y películas cuando quiero evadir la realidad, porque la gente me sigue hartando, porque sigo odiando los domingos, porque critico las mismas cosas, porque blah blah blah y más blah.

Eso sí, siento que he perdido un cuarto de la media inspiración que tenía por aquel entonces.

Por aquel entonces, tomaba el bondi, pelaba un cuadernito espiralado, y empezaba a escribir.
Ahora tomo el tren, y no tengo espacio para eso. A lo sumo me llevo un librito, y si no tengo espacio, uso con carpa la espalda de alguien para apoyarlo. Y si por esas putas casualidades de la vida consigo asiento, tampoco puedo escribir. Porque estoy cansada, porque tengo que aprovechar a repasar la clase que voy a dar, o porque en mi oido resuena el chingui chingui del man que vende música.

Y ni hablar de años aún más lejanos, cuando me sentaba y pensaba en mis amores platónicos o en aquellos que no me daban ni la hora, que por lo general, eran los mismos que los primeros.
En esos gloriosos momentos un tsunami de estrofas acudían a mi cabeza, y terminaban por formar algo relativamente decente.
Ojo, no es que la situación ha cambiado eh. Sólo que ahora si me pongo a escribir sobre sobre el amor y la mar en coche, termino escribiendo una sarta indigna de pelotudeces más indignas aún.

Es así, es lo que hay.

Fin.

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