La que voy a contar a continuación es una de esas historias mínimas, efímeras, aparentemente sin importancia, pero que guardo en un rincón del corazón, aquel que está exclusivamente dedicado a mi amor hacia los caninos, más conocidos como perros.
"Tafito" es (y digo es, porque seguramente por allí anda) un perro un poco feito (pero hermoso al mismo tiempo), con el que me crucé (o él me cruzó a mi) un día del mes de Febrero en Tafí del Valle, cuando estaba por emprender la caminata hacia el Mirador de la Cruz junto a mi amiga Majo.
Como no podía ser de otra forma, me detuve a saludarlo y darle algunos mimos, y enseguida se hizo amigo, al ritmo de unos brincos simpaticones. Nos siguió hasta que ya el camino no estaba bueno para él (a decir verdad para nosotras tampoco, y mucho menos para mis pies y mis zapatillas endemoniadas), y dos horas después, cuando regresábamos, allí estaba en el mismo lugar, dispuesto a ser querido un poco más. Así fue que el can compartió con nosotras nuestro break de cervezas y charla con unos tucumanos en un kiosco céntrico, y no conforme con ello, una vez finalizado el momento de descanso y relax, decidió acompañarnos hasta el hostel, más precisamente, hasta la puerta de nuestra habitación.
Pasaron un par de horas, nos bañamos, acomodamos el kilombo mochilero, conocimos a nuestras compañeras de cuarto, me hice mierda al salir de la ducha, se hizo de noche, el hambre comenzó a aparecer, y decidimos ir a buscar a los muchachos del kiosco que nos habían prometido un asado. La sorpresa fue grande al abrir la puerta de la habitación: Tafito seguía allí, esperándome, y ni bien emprendimos la caminata, él también lo hizo, a modo de guardaespaldas nativo.
Cuando llegamos al kiosco, los muchachos dijeron que lo del asado se había pinchado, pero que podíamos comer unas pizzas en el restaurant de uno de ellos, así que un poco decepcionadas (sí, la pizza no iba a salirnos gratis) nos sentamos en una de las mesas de afuera, e hicimos nuestro pedido.
¿Y Tafito? Tafito seguía al lado mio, firme al pie del cañón. De hecho, estos muchachos comentaban que el perro había resultado un ganador, y que yo le daba más bola a él que a ellos (lógico!). Mi nuevo amigo se hizo merecedor de las dos porciones de pizza que sobraron, las que comió con muchísimas ganas, y agradeció el hecho con una de las miradas más nobles jamás vistas...
Fue triste tener que despedirme de él. Lo juro: tenía un tremendo nudo en la garganta.
Por eso lo recuerdo tanto. No sé, son cosas que me enternecen en demasía, y que no muchos las entienden.
jueves, 3 de junio de 2010
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